Un mal año en el Pasaje Carlos Gardel

El avance del boom inmobiliario amenaza la la preservación del patrimonio cultural y arquitectónico del Abasto.

Empezó con el cierre de Chanta Cuatro, siguió con la vandalización de las esculturas de tangueros y ahora suma la destrucción de filetes porteños.

Empezó con el cierre de Chanta Cuatro, siguió con la vandalización de las esculturas de tangueros y ahora suma la destrucción de filetes porteños.

El Pasaje Carlos Gardel y sus transformaciones. Antaño se llamó Guardia Vieja, como la calle que continúa hacia el oeste, hoy devenida en polo gastronómico y cultural a cielo abierto. Esta cortada lleva el nombre de su vecino más emblemático, e incluso tiene una debatida estatua frente al ex Mercado de Abasto Proveedor. Por sus calles deambularon jornaleros, bohemios, figuras del arte y el rebusque. Ese espíritu todavía late en placas, filetes porteños, referencias a la identidad y los orígenes. Sin embargo, todo este patrimonio inmaterial (y no tanto) está en peligro de desaparecer. Se trata de un deterioro “hormiga” (un poquito y sin descanso) que este año se intensificó. 

En la ochava sureste de Anchorena y Carlos Gardel está el histórico edificio donde antaño funcionó Chanta Cuatro. La muestra Abasto de Artistas, montada en el Museo Casa Carlos Gardel hasta febrero (Jean Jaurés 735), explican sobre este sitio: “En la calle Guardia Vieja (actual pasaje Gardel), esquina Anchorena, funcionaba este hotel. El establecimiento había sido fundado en 1893 por Luis Sanguineti y tenía una emblemática cancha de bochas. El nombre alude a una jugada. Los trabajadores y compradores podían jugar, comer, escuchar música en vivo y pasar la noche allí”. 

En el presente era un restaurante temático de tango con el mismo nombre. Los fines de semana a la noche eran usuales los buses turísticos en la esquina de Anchorena. Hace más de una década el entonces jefe de Gobierno y actual presidente de la Nación, Mauricio Macri, inauguró allí el Festival y Mundial de Tango de la CABA al afirmar que el tango es la soja de los porteños; una de sus tantas frases para la posteridad. 

Este verano, vecinos denunciaron el robo de objetos de gran valor patrimonial dentro de Chanta Cuatro. Las puertas están cerradas con candado y apenas sobreviven algunas placas conmemorativas sobre el muro que da al pasaje. Es incierto qué sucederá en el edificio de Anchorena 545.

A esta primera pérdida hay que sumar el retiro de todas las estatuas de íconos tangueros. Estaban hechas de resina epoxi y fibra de vidrio con estructura interna metálica. Su emplazamiento inició en 2013. Muchas se eligieron mediante votaciones digitales de BA Participación Ciudadana (Jefatura de Gabinete CABA). Cada instalación fue acompañada por un acto cultural, con música en vivo y la presencia de familiares o descendientes de los homenajeados. Solo queda el monumento de bronce a Gardel y una escultura de material, homenaje al bandoneón. 

Semanas atrás un camión del Gobierno porteño removió las últimas figuras en pie: Tita Merello, Osvaldo Pugliese, Roberto Goyeneche. Ya habían quitado las de Aníbal Troilo, Astor Piazzolla, Mariano Mores (trasladada desde San Telmo, donde fue vandalizada varias veces), Alberto Castillo. En el suelo solo quedan placas de mármol que atestiguan su presencia.  

Fueron depositadas en Monumentos y Obras de Arte (MOA) del Ministerio de Ambiente y Espacio Público en el Parque Tres de Febrero de Palermo. Es un sitio donde escultores y restauradores reparan los daños. 

El elevado costo de reparar cada estatua hace que muchas veces las autoridades oficiales demoren los arreglos, descontando que volverán a ser dañadas a futuro. 

El jueves 19 de septiembre al atardecer se hizo la nueva reunión del Consejo Consultivo Comunal 3, donde asistieron vecinos de Balvanera y San Cristóbal. El lugar de encuentro fue el Centro Cultural Alfonsina Storni, en Tucumán 3233. Allí se debatió y expresó públicamente la preocupación por el vandalismo contra las estatuas del Pasaje Carlos Gardel.

La última novedad sobre el deterioro en el patrimonio cultural de la cortada ocurrió el último viernes de septiembre. Se hizo público que operarios removieron los emblemáticos filetes porteños del inmueble ubicado en la ochava noreste del Pasaje Carlos Gardel, esquina con Anchorena.

Quien se encargó de hacer pública la situación fue la integrante de la Junta Comunal 3, María Suárez: “Miren lo que está pasando en el Abasto en este momento, nosotros cuidamos el patrimonio de nuestros barrios y hay un dedicado y permanente accionar para aniquilarlo. No podemos seguir permitiendo el vaciamiento de nuestra identidad”.

Divulgó un video donde se ve que un obrero, subido a una escalera, remueve con una espátula la pintura del filete. 

Estas piezas de arte tienen más de dos décadas. Estaban muy deterioradas por falta de mantenimiento. Había filetes pintados sobre la pared y también en placas. Todos presentan daños por óxido o por el levantamiento de la pintura.

La historia contemporánea del Pasaje Carlos Gardel difiere mucho al pasado vinculado al ex Mercado de Abasto, su fruta y verdura al por mayor, su clase obrera. 

Tras el cierre del Mercado, a mediados de los años ochenta, la zona decayó, muchos negocios aledaños cerraron, quedaron lotes ociosos en este pasaje, en particular hacia el lado de Jean Jaurés. La canción Mañana en el Abasto de Sumo retrató ese estancamiento en el tejido urbano del barrio. La referencia es un cliché, pero resulta efectiva. 

En 1998 el inmueble del Abasto reabrió como shopping, a cargo del grupo inmobiliario IRSA (también dueño del DOT de Saavedra y otros centros comerciales) y la zona recuperó vitalidad. Esto implicó mayor movimiento comercial y también un resurgimiento inmobiliario. El Abasto dejaba de ser una zona con mayoría de casas tomadas, calles oscuras y rotas.

La estela del boom inmobiliario sigue hasta el presente. En los últimos años, pese a la crisis, se han construido una docena de edificios en torno a las manzanas del Pasaje Carlos Gardel. Se caracterizan por ser de altura y tener negocios comerciales en su planta baja, en particular locales de comida. 

El desalojo de la centenaria Casa Pantano, a mitad de cuadra del pasaje, fue ícono de ello. Las 70 familias habitaron durante décadas y sobre el final resistieron vía judicial y con el apoyo de fuerzas vivas locales. Sin embargo, debieron marcharse a fines de 2016. Dos años antes, el Gobierno porteño permitió que allí se construya un edificio de viviendas familiares de altura, pero ordenó la conservación de la fachada. Todavía está en obra el nuevo edificio, más en diálogo con los nuevos desarrollos que ligado al pasado abastense de casas bajas. 

Todavía quedan algunos lotes libres en Gardel y Jean Jaurés. En el presente el contraste es notorio: edificios de altura, rectangulares y vidriados frente a casas chorizo de una o dos plantas y techos altos. 

Más allá de lo arquitectónico, hay un movimiento social. En el presente el pasaje Carlos Gardel es una embajada de Brasil en los hechos. A media cuadra hay una cantina donde el portugués le gana a la tonada porteña. En junio de este año fue epicentro de la final de la Copa América entre Brasil y Perú (también con sus restaurantes de comida típica sobresaliendo en el Abasto).  

Mucha migración de países limítrofes en el nuevo milenio, en particular la brasilera, se ha instalado en los nuevos edificios del Pasaje Carlos Gardel y los de alrededores. Es un signo de esta época la reconfiguración en las prácticas sociales. 

En cuanto a la movilidad, el Pasaje Carlos Gardel antaño era un garage a cielo abierto. La ONG Defendamos Buenos Aires hacía denuncias insistentes sobre esta problemática. En 2013 la Comuna 3 (Balvanera y San Cristóbal) realizó encuentros con comerciantes y vecinos para lograr un acuerdo de convivencia. 

Fruto de ello se ejecutó una puesta en valor que prevalece hasta la actualidad. Se reforzó la restricción de estacionamiento con bolardos y mayor señalética. El resultado ha sido óptimo, pese a que las motos han copado la parada desde entonces. Los volquetes por los edificios en obra y el avance de las mesas y sillas de los restaurantes son los nuevos moradores estables del Pasaje. 

De todos modos, hay vecinos y fuerzas vivas que continúan movilizados por mantener vivo el legado del Pasaje Carlos Gardel. No solo como alegoría del pasado, sino como acción política en la defensa de la identidad.