Surfear la segunda ola

El Gobernador de la Provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof, se reune con especialistas para definir nuevas medidas frente a la llegada de la segunda ola. Foto. Ministerio de Comunicación Pública Provincia de Buenos Aires

La nueva etapa de la pandemia en Argentina arranca con una cantidad de casos similar al pico máximo alcanzado en octubre y con un nivel de pobreza que supera el 42 %, mientras tanto el presidente argentino tiene síntomas y dio positivo en un test de antígenos.

El mundo atraviesa un momento epidemiológico crítico. Desde que comenzó la circulación del virus, según la información brindada por la Organización Mundial de la Salud (OMS), hubo 22.702.667 casos activos y 2.853.383 personas fallecidas. En este contexto, la oligarquía argentina de inspiración francesa acecha contra cualquier tipo de restricción a la circulación de personas, pero cuando el país galo cierra los establecimientos educativos por un mes, padece amnesia.

El dato más preocupante para nuestro país es el marco de la región. Sobre todo, la situación de Brasil, nuestro vecino limítrofe y principal socio comercial, con 328.206 muertos y 12.910.082 casos. Por la política negacionista del presidente Bolsonaro, según reconocidos especialistas, la principal economía latinoamericana se convirtió en la principal amenaza para la salud pública mundial.

El año electoral no arranca sencillo para el oficialismo porque está en una encrucijada. Por un lado, tomar medidas para prevenir el crecimiento exponencial en la cantidad de casos, y por otro, alimentar a una oposición irresponsable que hace política cuestionando todo tipo de restricción a las libertades individuales. El proyecto para postergar las PASO y la reunión con el alcalde porteño son los primeros tests para medir el nivel de tolerancia a las políticas sanitarias.

La anarquía de las vacunas

Las imágenes de los aviones de Aerolíneas Argentinas despegando para buscar y aterrizando para traer vacunas desde Moscú y Beijing son el único refugio que nos permite atravesar el desierto pandémico con alguna luz de esperanza. Según las autoridades locales, con el millón que llegó el jueves al Aeropuerto Internacional de Ezeiza, Argentina ya cuenta con 6.768.540 de dosis. Más allá de los pelos al huevo que le buscan políticos y medios opositores, la campaña de vacunación avanza.

La creación, producción y distribución de vacunas se convirtió en un asunto de poder y geopolítica. Apremiado por el fracaso de su campaña de inoculación, la Unión Europea negocia con la Federación Rusa por la importación de la Sputnik V, mientras que la República Popular China anuncia la fabricación de nuevas dosis de medicina del Instituto Gamaleya.

Al respecto, vale aclarar que la potencia oriental ya aprobó cinco vacunas contra la Covid 19 y las distribuye en 60 países del mundo (12 de América Latina). Un interesante contrapunto con respecto a la performance de los laboratorios norteamericanos Pfizer, Moderno y Johnson & Johnson, cuyos productos prácticamente no se aplicaron fuera de Estados Unidos.

La situación que vive el mundo en su carrera por inocular a la población describe el fracaso de la producción anárquica del capitalismo guiada por el fin del lucro. Los Estados y los organismos supra nacionales tuvieron meses para organizar la producción de un bien indispensable para la supervivencia de la especie y los gobiernos apoyaron con cifras siderales a las farmaceúticas para que descubran, en tiempo récord, el antídoto que termine con la pandemia mundial. 

La crisis es este sistema muestra ribetes civilizatorios, solo es comparable el absurdo de los ciclos de hambre generalizado y sobreproducción relativa que provoca el descarte de mercancías cuando no hay a quien venderle.

Mientras que decenas de países pobres aún no recibieron ni una vacuna, las potencias se aseguran dosis que triplican su población y comienzan a vacunar a sus jóvenes fuera de riesgo. Un sistema ineficaz para contener la proliferación de nuevas cepas más contagiosas y menos efectivas ante su inoculación.

Los que no se recuperan

El rebote de la economía comienza a mostrar los primeros signos de recuperación después de la coronacrisis del 2020. La actividad creció un 1,9 % en enero y acumula nueve meses de aumento, con una variación interanual de – 2 %, según un informe presentado por el INDEC esta semana.

El crecimiento económico brilla por su ausencia en los sectores más postergados de la sociedad Argentina. El instituto de estadísticas nacional publicó cifras estremecedoras de la pobreza que alcanza al 42 % de la población (doce millones) y al 31,6 % de los hogares. La indigencia representa el 10,5 % (3 millones de personas). Peor aún, en el conurbano bonaerense la cifra de pobreza se amplía al 51 % mientras que más de la mitad (57,7%) de les argentines que tienen entre 0 y 14 años son pobres.

Uno de los primeros funcionarios que habló al respecto fue el ministro de Obras Públicas, Gabriel Katopodis: “Mover la rueda de la economía es lo único que puede hacer que esos número bajen”. Su tesis se muestra, al menos, insuficiente si nos remitimos a las estadísticas.

Más allá de las causas estructurales que nunca está de más recordar (en los inicios de la década de 1970 la cifra que hoy visualizamos en 42 % representaba un 8 %), los nuevos empleos precarios y la inflación descontrolada se ubican entre las principales causas de las cifras de la tristeza.

El informe de empleo presentado por el Ministerio de Trabajo sostiene que “el crecimiento del nivel de ocupación se explica, fundamentalmente, por trabajadoras y trabajadores por cuenta propia y bajo relación de dependencia no registrados”. Es cierto que los puestos laborales más afectados fueron aquellos representados por este sector, pero eso no impide concluir que el nuevo empleo post ASPO es precario, sin derechos y con remuneraciones de pobreza.

En el egoísmo manifiesto de las corporaciones alimenticias también se puede encontrar una de las razones de estas cifras. Con estabilidad cambiaria y sin crecimientos salariales pronunciados, las cámaras empresarias del sector aumentan los precios sin ponerse colorados, critican la extensión del programa Precios Máximos, modifican etiquetas para eludir controles y se escandalizan ante el requerimiento de su estructura de costos.

Con la intervención de un Estado fuerte, nada de esto impactaría en el poder adquisitivo de la población. Un Estado que no dude frente a los prejuicios y ataques mediáticos y que se disponga a ejercer su función de custodio de los ingresos de su pueblo.