Soberanía alimentaria: un debate sobre la mesa

Cuando empezó la cuarentena, un grupo de vecines formó el Nodo de la UTT (Unión de trabajadorxs de la tierra) en San Cristóbal. A través del nodo no sólo se puede comprar y comer frutas y verduras agroecológicas, sino también ser parte de un colectivo que pone el debate de la soberanía alimentaria sobre la mesa. Conversamos con Aimé y Sol, dos de las integrantes y fundadoras del nodo.

Aimé es trabajadora del Ministerio de Agricultura, vive en San Cristóbal y tiene dos hijes, Vera de 10 y Mir de 2 y medio. Desde el nacimiento de Mir, se interesó e interiorizó sobre la soberanía alimentaria. En grupos de crianza y de yoga para parejas gestantes conoció la alimentación complementaria. Y también, llegó a Soledad Barruti, periodista autora de Mal Comidos y Mala leche, y a Sabrina Critzmann, referente en pediatría y en crianza respetuosa.

En ese recorrido se encontró finalmente con la agroecología. “Nosotres como familia –recuerda Aimé– comprábamos en el almacén de Díaz Vélez, pero cuando empezó la cuarentena averigüe acá en el barrio qué opciones había y no había muchas. Hoy por hoy sé que hay más espacios, pero en ese momento no o quizás no estaban tan visibilizados como ahora”.

En ese contexto, un compañero de trabajo le contó que si juntaba una compra mínima de diez bolsones ya podía armar un nodo en el barrio: “Ahí armamos la página Comunidad de San Cristóbal para empezar a aunar a vecinos y vecines que estuvieran interesades en esta forma sana, segura y soberana de alimentarse. La primera vez, llegamos a un pedido mínimo de diez bolsones y lo hicimos en casa, fue un poco caótico porque el ascensor es muy pequeño y por todo lo que implica la organización”. Para el segundo pedido, se mudaron al Museo del Hambre, un espacio cultural dedicado a la soberanía alimentaria. “Fue genial –destaca– porque nos permitió llegar a un montón de gente más, así llegamos a tener fines de semana de 60 pedidos. Durante toda la pandemia se produjo un crecimiento muy grande de los Nodos de la UTT, al comienzo tenía 50 y ahora tiene 250”.

Las dos integrantes del Nodo de la UTT se conocieron virtualmente en la coordinadora “La ciudad somos quienes la habitamos” por el Plan Urbano Ambiental. Las unió y las conectó el interés por la agroecología: “La comisión de agroecología fue lo que nos hizo ­–asegura Sol– conocernos y reconocernos en un mismo territorio que es la Comuna 3. Mientras que Aimé vive en San Cristóbal, yo vivo en la zona del Abasto. Estamos a 20 minutos en bicicleta”.

Sol es profesora de antropología y en sus clases les estudiantes en los años anteriores le hacían preguntas sobre la alimentación saludable y el antiespecismo, e incluso, algunos centros de estudiantes ya habían instalado el debate sobre las viandas escolares. A su vez, su hermana menor eligió como forma de alimentación el veganismo. Todas estas historias la atravesaron y empezó a buscar algunas respuestas.

Hasta ese momento, Sol reconoce que no sabía de qué se trataba la UTT ni tampoco muchas cuestiones de la comuna: “Después, no solo la conocí, sino que además me hice comensal y consumidora del nodo. Me interesó el sentido de comunidad, porque una de las cuestiones de la pandemia, un antes y un después, fue esta cuestión de la comunidad y el territorio. Cómo nos pensamos en relación a lo que está pasando y qué podemos hacer en nuestros territorios. Tampoco conocía la Ley 1.777 que es la Ley de Comunas ni todo el movimiento de la coordinadora ‘La ciudad es de quienes la habitamos’. Fue un proceso de formación para mí, porque desconocía esa ley y la lógica de las comunas”.

“La soberanía alimentaria es igualdad de género”

“El enemigo, no sé si es la palabra correcta, pero me sale decirlo así, al que hay que hacerle frente hoy por hoy y a lo que apelamos desde el nodo tiene que ver con agronegocio como expresión de un sistema extractivista que despoja a los pueblos de los alimentos y de sus saberes ancestrales en pos de una lógica de acumulación y ganancias. Y a nosotros como sociedad, nos genera perjuicio desde lo económico y la salud”, explica Aimé.

El agronegocio –concluye– también es la cara del capitalismo y del patriarcado. Las mujeres a través de los siglos hemos sido un territorio de conquista. Por eso, nosotros creemos que la lucha feminista y la lucha de la agroecología y de los pueblos originarios están unidas. Tenemos esa lógica en común que queremos cambiar, desde lo propositivo y generando conciencia. En nuestro caso, generando conciencia de un consumo más responsable, alineado a la naturaleza”. En ese sentido, Aimé rescata la historia de otras mujeres que generaron comunidad y transformaciones como las Madres de Plaza de Mayo y las Madres de Famatina.

Por otro lado, Sol retoma la histórica consigna que dice que lo personal es político: “Me descubrí como consumidora y politicé esa práctica de ser consumidora en la vida. El sentido de hacer una red de intercambios entre comensales o consumidores es para que esto no sea una cuestión de clases y de posibilidades. Por eso, hay que dar una batalla cultural y construirla desde lo colectivo”. Algunas de las ideas que tienen, por ejemplo, son que los propios comercios tradicionales puedan ceder espacio y oportunidad a la alimentación agroecológica.

Ninguna de las dos se quedó solo con la mirada propia, sino que intuitivamente se formaron y buscaron multiplicarla a través de otros proyectos sobre el tema en otros países como Chile, Bolivia y México. “Estas experiencias nos han aportado –cuenta Sol– que la soberanía alimentaria es el derecho a decidir nuestro sistema alimentario y productivo. Y esto, lo ligo a los feminismos, porque se ha planteado el cuerpo como un territorio”.