PUEBLADA EN TURQUIA

Un polvorín largamente acumulado. Como tuiteó un manifestante: “Al comienzo se trataba de un parque, pero ahora se trata de todo”. De la defensa del Parque Gezi a “¡Tayyip, renuncia!”.

Estambul: jóvenes impidiendo el paso de las excavadoras, enfrentando a la policía, apedreando a los hidrantes, devolviendo cartuchos de gas pimienta; carpas en la Plaza Taksim, barricadas, cacerolazos; columnas cruzando en solidaridad el puente desde la parte asiática a la europea, coreando a voz en cuello: “¡Resistir!”, “¡No ceder!”. Las “redes sociales” a pleno. Varios muertos. Miles de heridos y detenidos. Mujeres al frente. Jóvenes, jóvenes, jóvenes…

 

La Plaza es nuestra

Los sucesos empezaron el lunes 28 de mayo, cuando unos 50 manifestantes se pararon frente a las excavadoras enviadas para derribar los árboles en el parque Gezi, pegado a la Plaza Taksim de Estambul. El primer ministro Recep Tayyip Erdogan decidió arrasar el parque para erigir un centro comercial, edificios y una mezquita. Pero la Plaza Taksim es un tradicional lugar de reunión y de manifestaciones culturales y políticas. La “modernización” de Erdogan encubre una medida de represión política y social.

La policía desalojó a palos y gases lacrimógenos las carpas y prendió fuego al campamento. Cientos de manifestantes fueron heridos. Tras la dura represión, decenas de miles ganaron las calles en Estambul. La bronca brotó como la lava de un volcán: lo que al principio era defensa del Parque se transformó en otra cosa: “¡Tayyip, renuncia!”. El primer ministro llamó a los manifestantes “vándalos” y “saqueadores”, y lanzó a la policía para que a palos, gases y cañones de agua aplastaran las protestas y expulsaran a los acampantes de la Plaza Taksim. Las marchas incorporaron a su pliego de reclamos la libertad de los presos y el castigo a los responsables de crímenes contra el pueblo. Las protestas se extendieron a la capital Ankara, a Izmir, Adana, Antalya, Trabzon…

 

Erdogan

Los medios presentaron el levantamiento turco como una rebelión contra el “autoritarismo”. Cierto; pero en el trasfondo hay una gigantesca rebelión contra la desigualdad y el desempleo que crecen, contra la privatización de todo lo público, y contra las crisis energética, ambiental y alimentaria, producto de 10 años de políticas de Erdogan aceitadas con concesiones demagógicas.

El partido de Erdogan, Justicia y Desarrollo (AKP), islamista en lo ideológico-religioso y ultraliberal y antinacional en lo económico, llegó al gobierno en 2002, montado en la frustración popular por la grave crisis económica que sacudía al país y presentándose como alternativa a las viejas opciones políticas. Así ganó tres elecciones seguidas y en la última, en 2011, obtuvo el 50% de los votos; controla la asamblea nacional, la policía, los tribunales, las fuerzas armadas y las instituciones económicas y financieras. Estrecho aliado de E.E.U.U. en Medio Oriente, es integrante de la OTAN (y ahora base para la intervención en Siria); empuja para entrar a la Unión Europea, y se postula como gran socio regional de China. Y mantiene una campaña de exterminio contra el pueblo kurdo.

Hasta hace muy poco los gobiernos y monopolios ponían al régimen turco como modelo de “democracia” y de “crecimiento económico”. Su programa se parece mucho al que las potencias descargaron sobre la Argentina con Menem y De la Rúa: privatizaciones; concesiones y privilegios a las corporaciones, flexibilización y precarización laboral. Las altas tasas de crecimiento de los últimos años (el llamado “milagro turco”) se asientan en bajos salarios, importaciones masivas y “atracción” de capital especulativo a raudales, y se garantizan con represión, control de los medios de comunicación y re-islamización de la sociedad. Sin embargo, la producción industrial viene en baja y la agropecuaria está en quiebra. Turquía depende cada vez más de la importación de energía y de bienes de capital para sus industrias. Durante dos décadas, la recesión cada vez más profunda se disimuló promoviendo el consumo con créditos y obteniendo renta para el Estado con la privatización de recursos y de tierras públicas como el parque Gezi. La brutal represión al reclamo por el parque hizo estallar un polvorín largamente acumulado bajo los pies del AKP, a contramano de sus triunfos electorales.

Ahora la recesión ya emergió: la desocupación entre los jóvenes ya supera el 20%, y se extiende el trabajo precario y en negro. Muchas familias y empresas están hundidas en un mar de deudas e hipotecas. El gobierno del AKP se “desendeudó” pagándole miles de millones al FMI, al tiempo que, bajo su mandato, la economía se infló de préstamos e inversiones extranjeras: la deuda externa ronda los 340.000 millones de dólares. Con un “pase de magia”, la carga de la deuda externa pasó del estado al sector privado: si hoy se produjera un shock cambiario habría una ola de quiebras.

 

“Sin abusos y sin Tayyip”

Estas políticas golpearon a todos los sectores populares: la rebelión enfiló contra el gobierno, una dictadura apenas disimulada tras el velo islámico-parlamentario de Erdogan. En las calles, en las marchas y en las barricadas se unieron estudiantes, profesores de secundaria y universitarios, artistas, intelectuales y abogados, jóvenes de los barrios pobres (muchos de origen kurdo), oficinistas y amas de casa. Los sindicatos estatales y otras organizaciones populares se sumaron con dos días de huelga el 4 y 5 de junio.

Las fotografías y videos muestran a muchas mujeres en la primera fila de la lucha: ellas son el blanco central del programa de Erdogan, y también víctimas “privilegiadas” de la represión policial. Este proyecto golpea en especial a las mujeres y los jóvenes. Organizaciones de mujeres marcharon en Estambul: “por una vida sin abusos y sin Tayyip”.

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