PUEBLADA EN BRASIL

Seis días de manifestaciones gigantescas en casi todo el Brasil contra el aumento del boleto del transporte. Dilma “escucha voces” y busca desactivar el estallido social. Río de Janeiro y San Pablo debieron retroceder. Pero las marchas y concentraciones continuaron. ¿Contra qué se rebela la juventud brasileña?

Empezó el jueves 13/6 como una protesta contra el aumento del pasaje en colectivos, subtes y trenes. Pero la brutal represión policial en San Pablo con balas de goma, gases lacrimógenos, palos, más de 200 detenidos y un centenar de heridos lo transformaron en manifestaciones multitudinarias que se extendieron a Río de Janeiro, Porto Alegre, Curitiba, Maceió, Natal. El aumento del boleto no fue más que la chispa que incendió la pólvora: “¡No es por centavos, es por derechos!”, clamaban las consignas y carteles.

 

“¿El Mundial para quién?”

 

El viernes 14, las protestas estallaron a las puertas del estadio Mané Garrincha de Brasilia. Los manifestantes vinieron a arruinar la fiesta de Dilma justo cuando el gobierno quería mostrar su mejor cara a los socios europeos y chinos, horas antes del partido Brasil-Japón que inauguraba la Copa de las Confederaciones, antesala del Mundial de Fútbol de 2014 y de los Juegos Olímpicos de 2016 a realizarse también en Brasil. 500 miembros del Movimiento Sin Techo quemaron neumáticos en repudio a los 15.000 millones de dólares que el gobierno gasta —con el pretexto de “dar trabajo”— en la construcción de fastuosos estadios y líneas ferroviarias y de subte para esos eventos, mientras más de 50.000 brasileños viven y mueren en la calle.

En San Pablo, otras columnas desfilaron con carteles que preguntaban: “¿El Mundial para quién?”.

 

“País emergente”

 

Tras una precipitada reunión con Lula Da Silva —el ex sindicalista y presidente del país y actual jefe del partido oficialista PT— y con el alcalde de San Pablo Fernando Haddad (también del PT), Dilma Rousseff decidió escuchar “las voces que vienen de la calle”, según dijo el martes 18 por televisión. Los intendentes de Recife, Porto Alegre y Cuiabá anunciaron la anulación del aumento del boleto de transporte. El gobierno en pleno decidió dar un paso atrás para enfriar el caldero.

 

Ahora Rousseff “escucha voces”; pero para eso fue necesario que 200.000 personas ganaran las calles en casi 20 ciudades de todo el Brasil durante 6 días denunciando los negociados y enfrentando los palos y gases de la policía de Dilma. Durante años, además, tampoco escuchó las “voces” de los trabajadores de la construcción que hicieron innumerables huelgas contra las condiciones laborales semiesclavistas que imperan en las obras del Plan de Aceleración del Crecimiento (PAC); ni las de millones de campesinos cuyos dirigentes son asesinados por las guardias blancas, y que siguen reclamando el cumplimiento de la Reforma Agraria que Lula prometió y cajoneó; ni las del “Movimiento Pase Libre” —que incluye a jóvenes, estudiantes, sindicalistas, anarquistas, feministas y militantes de izquierda, conectados a través de las redes sociales— que hace años plantean el reclamo que ahora estalló por el costo de los pasajes del transporte…

 

El precio del boleto pasó de 3 reales a 3,20. No parece mucho,,, pero en moneda argentina son ¡8 pesos! Y en el Brasil de Dilma la inflación crece y se come los salarios, mientras los negociados con los estadios y las faraónicas obras del PAC se comen el presupuesto nacional, y con él las escuelas y los hospitales públicos.

 

Eso sí, los organismos financieros de las potencias ponen a Brasil y a sus proyectos de infraestructura por las nubes: “país emergente”, la sexta “potencia” mundial, miembro del “grupo BRICS”, altas reservas, bajo desempleo… Brasil es uno de los mayores productores mundiales de alimentos, pero la mitad de su gente no tiene para comer. Más allá de algunas producciones hipertrofiadas, Brasil sigue siendo un país dependiente, atrasado y deformado, en el que la mayor parte de la tierra está concentrada en pocas manos, y donde lo fundamental de la industria está en manos del capital extranjero (directamente o asociado a monopolios locales).

 

Todo esto asoma detrás del estallido de estos días, con movilizaciones de una magnitud que no se conocía desde la oleada juvenil que en 1992 se llevó puesto al presidente Fernando Collor de Mello. Manifestaciones esencialmente espontáneas; en eso está su fuerza y también su debilidad, porque por un lado los sectores que enfilan tras el gobierno dilmista retroceden apelando nuevamente a la demagogia, y por el otro la oposición —respaldada por otras potencias— intenta montarse y encauzar las aguas de la revuelta popular hacia su propio molino.

Es cierto que en el capítulo actual la ola de rebeldía agitó centralmente a las capas medias, y que no llegó más que a una parte de la juventud proletaria. Pero no es sólo “por centavos”.

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