Ballotage y después?

Opinión. Mauricio Nicolao

Tras la efervescencia electoral, los debates acerca del voto en blanco y los nubarrones amarillos, desde diversos sectores se promete resistir el ajuste.  Pero…Más allá de Macri y la inundación, ¿qué de nuestras propias prácticas políticas puede ser revisado para ofrecernos algo más que “las cosas que han pasado”?

Antes de ser etiquetado, me “autoetiquetaré”

En tiempos de rápida etiquetación política, y en los que es corriente saltar de impacientes descalificaciones a vagas conciliaciones, intentaré autoetiquetarme, conservando alguna pretensión de hacerme leer comprensivamente.

Al margen de alguna participación en Proyecto Sur (2009-2011) y eventuales cercanías con actividades del ex PCR Capital o el trabajo territorial del Movimiento Popular La Dignidad, mi intervención política ha sido más la de un militante “de causas” que de “partidos”, sin por ello dejar de ver la imbricación de aquellas con lo partidario y lo electoral.

En mis primeras elecciones nacionales voté a De La Rúa “contra Duhalde” (1999), en 2003 a la izquierda, en 2007 al PTS, más tarde a Alcira Argumedo, y en las últimas presidenciales a Altamira (PASO) y Del Caño [1]. Antes de esto, en el último ballotage para Jefe de Gobierno porteño, por las similitudes entre los candidatos [2], voté en blanco.

Dicho esto, en este ballotage presidencial opté por Scioli. No por desconocer su trayectoria –o las confluencias Pro-K- ni por “legitimar sus políticas de ajuste y represión”, como decía el discurso institucional del FIT. Tampoco por “decidir entre dos modelos opuestos”, como se planteaba desde el FPV y sus adherentes. Sino, entre otros motivos:

Primero
, porque la derrota de Macri hubiera permitido en algunas áreas de los Ministerios Nacionales la continuidad de ciertos programas, estilos de gestión e interlocutores menos alejados de propuestas alternativas al discurso neoliberal, o incluso al capitalismo.

Segundo: en caso de que ganara Scioli, parte del discurso institucional y de campaña del kirchnerismo era un “comprobante” del cual “agarrarse” mejor para reclamar coherencia ante medidas antipopulares. Un gobierno macrista, en cambio, a juzgar por su discurso y sus acciones, pareciera a priori no tener que rendir mayores explicaciones si ajusta y reprime.

Tercero: Porque si Scioli era el ajustador, el kirchnerismo hubiera tenido más dificultades para seguir evitando una autocrítica por izquierda [3]. En las urgencias de un nuevo contexto de crisis suena más convincente dejar la revisión-profundización para otro momento, y reposicionarse –por sobre otros proyectos- como el garante de un operativo reconstrucción -a lo 2003-; en una nueva zaga de la alternancia entre capitalismos buenos y malos.

Cuarto: Porque, por lo antedicho y por la trayectoria de posicionamientos del plantel de Macri, sus políticas antipopulares se preveían más generalizadas que las de Scioli. Éste, por más que no fuera para devolver gentilezas, garantizaba a los sindicatos y organizaciones sociales afines alguna mínima herramienta de contención a la caída real del poder adquisitivo del salario y cierto piso en materia de Derechos Humanos.

Resulta más que obvio que en cualquiera de los casos, el ajuste y la represión de la protesta social afectan negativamente a la mayoría de la población. En consecuencia, en este atolladero, ante la mínima duda de que no fueran propuestas idénticas, elegí lo que parecía poner menos en peligro la vida. 

En el estado de nuestra cultura política, no veía voto en blanco que pudiese cuestionar el sistema, deslegitimar al ganador o cambiar el estado de la organización popular. Lo que no se había logrado hasta entonces no iba a alcanzarse por aquello, y los sufragios para Scioli o Macri terminarían traduciéndose igual en cargos, políticas y ajuste. Creo –además- que hubiera sido más constructivo si el FIT acompañaba el llamado al voto en blanco explicitando medidas que pudieran estar por detrás de esa consigna, más que enfatizar en la existencia de un discurso del mal menor. Por lo ya señalado, si había un momento de los procesos de toma de decisión política en que el indispensable cuestionamiento a los discursos de resignación (como el del mal menor) resultaba menos potente y hasta contraproducente, era éste.

De todas formas, por un lado, mientras escribo estas líneas Macri ya es el presidente electo. Y, por otro, creo que en este escenario votar en blanco o votar por Scioli no definía per se– como se dijo en estas semanas- responsabilidades o traiciones [4]. Sí, en cambio, antes de plegarme a las promesas de una resistencia épica, creo que es necesario hacerse cargo de poner en cuestión algunos aspectos de nuestras formas de participación política.

Participación

Cuando se intenta responder a qué factores podrían materializar un proyecto alternativo a lo dominante, surge muchas veces la palabra participación. Entre las diversas formas de participar políticamente hay muchas maneras de estar involucrado (también de aparentar estarlo). Sin embargo, a mi modo de ver, algunos aspectos de las propias formas de participación dificultan la concreción de un proyecto de las características mencionadas.

A fin de que ninguno de nosotros pueda quedarse cómodo, erigirse en juez supremo o escapar hacia el relativismo, dedicaré algunas líneas a la participación independiente, a la actividad militante [5], al rol del Estado y acerca de los momentos en que se generaliza la discusión política.

Fiebre electoral, apego a “mis” fuentes

Una  primera cuestión tiene que ver con las formas y los momentos en que se generalizan los debates.

Luego del fin de los comicios presidenciales del 25 de octubre, con la noticia de la mínima ventaja de Scioli sobre Macri, que habilitaba el ballotage presidencial, el binomio medios masivos – redes sociales fue uno de los principales escenarios inundados de mensajes relativos al tema. En cierta forma, los términos estipulados por los grandes medios y las redes sociales (su arquitectura y jerarquización de temas, etc.) condicionaron los intercambios que se dieron en otros espacios.

Destinados a orientar el voto; la mayoría de aquellos mensajes creados, adaptados o simplemente difundidos por diversos actores (periodistas, militantes partidarios, influencias pagados, adherentes de uno u otro candidato) promovieron opiniones sobre cuál era la mejor opción para esta instancia. Si bien hubo posicionamientos diferentes, gran parte de estas intervenciones parecen expresar aspectos de una cultura política dominante, en donde la discusión política –sobre todo en buena parte de los independientes– se concentra en los períodos de elecciones.

Ya sea que los tonos sean violentos, eufóricos o conciliadores, en estos diálogos las sentencias tienden a ser poco fundamentadas y, cuando se argumenta,  se lo hace con demasiado apego a las fuentes habituales. Asimismo, los unos tienden a esencializar a los otros y al final de cada intercambio pareciera que la propuesta inicial de cada parte resulta idéntica; gritar o ser categórico parece ser más efectivo que escuchar un poco más fuerte.

Ante esto, no estoy proponiendo la búsqueda de entendimientos entre posiciones irreconciliables, un mecanismo de defensa de quiénes declaman “hay que respetar todas los puntos de vista”, pero -no dimos dos pasos lejos de ellos- nos mandan la policía. Más bien, estoy planteando algún acercamiento entre posiciones no tan disímiles, un acercamiento que se permita el reconocimiento de conflictos. Para esto -creo- no basta con oír lo que se dice sino ejercitar la disposición a percibir lo que el otro quiere expresar, y ver –entonces- si hay algún punto de encuentro; de críticas fértiles; de algunos objetivos comunes, más allá de los abismos del sectarismo o del “rejunte”.

Militar, captar votantes; ¿vehículos de la democracia?

Respecto a lo partidario, los períodos en que se plantea discusión política parecieran ser más extensos. Sin embargo, cantidad no significa calidad, ya que lo mencionado sobre los tonos de discusión y las fuentes que fundamentan la argumentaciones parece ser similar a lo descrito respecto a parte de los independientes, e incluso más pedagógico y evangelizador.

Por otra parte, algunas instancias y acciones aparentemente participativas y de contacto extrapartidario, obedecen más a capear coyunturas desfavorables que a estimular la participación. Pienso en la desesperada salida a la calle de sectores del kirchnerismo tras los resultados del 25 de octubre, y en la unión de los tres partidos que hoy conforman el FIT, a partir de la dificultad que supuso –en 2011- el requisito de alcanzar el 1,5% de votos para superar la Primarias y acceder a las Generales. A esto habría que agregar los numerosos casos en que las prácticas internas de los partidos son antidemocráticas: candidatos elegidos a dedo, lealtades ciegas, mesas chicas, militantes vip y militantes “para pegar afiches”; etcétera, etcétera, etcétera.

Participá! 

De todas formas, en el escenario político actual, construir una alternativa política al capitalismo no pareciera empezar y terminar exclusivamente en la acción unilateral de uno u otro partido. Mucho menos ser viable por una sumatoria de actos individuales dispersos –supuestamente bienintencionados- como tantas veces promueven ONG’s, empresas y líderes religiosos. Aunque en algunos casos sume!, ampararse en hacer bien mi trabajo, cumplir con ciertos rituales, donar o sostener algunos consumos culturales por sobre otros (seguir ciertas líneas editoriales, evitar las milanesas de soja, etc.) suelen ser iniciativas que siguen trabajando dentro de la lógica dominante y con las miradas asistencial o garantista de la participación[6], algo que también se da muchas veces desde sindicatos y ámbitos de Gobierno.

Más allá de que todas las personas o colectivos tiene en mayor o menor medida la potencialidad de agenciarse, obviamente, no todo es cuestión de voluntad. Y en lo que atañe al rol adquirido (y declamado) por los Gobiernos un punto a revisar tiene que ver con sus políticas para la promoción de la participación democrática. El hecho de que el pico de interés político se generalice en los períodos electorales, hace sospechar que las otras instancias son poco conocidas, en buena parte, porque son poco publicitadas. La posibilidad de proponer nuevas instancias es –además- legítima e incluso legal.

A esto se agrega procesos de larga data, en donde las políticas de medios, la propaganda, las políticas culturales y educativas (influidas también por lobbies empresarios y religiosos) han promovido la naturalización de ordenes jerárquicos y de determinados mecanismos de toma decisión, tanto como desestimulado en las líneas de pensamiento ciertas cadenas de asociación, elementales para reconocernos realmente como sujetos políticos “los 365 días del año”.

La fiesta de la democracia

Resulta arduo plantear estos temas de la agencia, la participación o la autonomía sin estar nuevamente al borde de ser etiquetado. Cada vez que se plantea que las diversas situaciones que hacen a la formación de opinión pueden estar viciadas de manipulaciones y mandatos, no falta quién nos acuse de pretender establecer un “voto calificado”, un “dogma de autoridad”; justamente, algunas de esas voces, cuando les resulta conveniente, intentan explicar estos problemas en términos de una falta de cultura por parte de sectores populares.

Según rezan sciolistas y macristas, hemos vivido recientemente una fiesta de la democracia  -“desarrollada con normalidad”-, ante la cual debiéramos inclinarnos, reverenciando su estado de conservación. Contrariamente, yo creo que hay que cuestionarla; en su antes, durante y después.  Pero no para poner en riesgo la institucionalidad sino para fortalecer la participación activa, consciente y autónoma. Y -sostengo- que esto es legítimo aún en casos aparentemente indiscutibles, como el del consenso que supondría que un candidato alcance altos índices de votos (el 54% de CFK en 2011, los casi 44% de Massa en 2013). Los numerosos sufragios no tienen por qué hacer desaparecer el clientelismo, la manipulación mediática, la existencia de diferentes presupuestos de campaña, la escasez de debates masivos y espacios horizontales de participación, etc.

Ataques de responsabilidad

Finalmente, si bien pueden existir situaciones límite donde resulta necesario discutir criterios de responsabilidad y evidenciar reclamos. Desde los individuos y colectivos que intentan plantear algo alternativo, no creo que el crecimiento de la participación y la autonomía pase por un ataque de responsabilidad: lanzarse en masa a marcar tarjeta en actividades o espacios catalogados como comprometidos, tildar los ítems de ciertas liturgias o ser categórico con quiénes no cumplen con ellas, sin considerar la diversidad de historias personales existentes o pensando que la propia es la única modalidad de injerencia.

Creo en cambio que es necesario coordinar distintas formas de participación política, y que estas puedan potenciarse a partir de articulaciones programáticas o de una serie de causas específicas. Para ello no es indispensable, por caso, que todo ciudadano milite en un partido, sino un piso básico de respeto y comunicación al que nuestra cultura política parece no habituada, pero que puede cultivarse si -más allá de lo que haga Macri– enfrentamos algunas de las situaciones esbozadas hasta aquí, y de cuya crítica -deseo- se evidencien contrapropuestas.



[1] Para Jefe de Gobierno: Ibarra (2000), Zamora (2003; en el ballotage, a Ibarra contra Macri); Christian Castillo (2007; Filmus contra Macri), Solanas (2011; Filmus contra Macri), Bregman (Voto en blanco contra Lousteau y Larreta)

[2] Amén de los posicionamientos políticos de los espacios que encabezó Lousteau (UNEN, Suma+) o las irregularidades en el financiamiento de su campaña para Jefe de Gobierno, porque cuando le preguntaron a Lousteau sobre las elecciones nacionales dijo -“elegantemente”- que en ningún caso votaría a Macri, sino –en orden de prioridades- a Sanz, Carrió y Stolbizer. Es decir, “chocolate por la diferencia”: como muchos saben, Stolbizer recientemente sostuvo alianzas electorales con el PRO en Jujuy, Tucumán y Mendoza; Sanz y Carrió (pre-candidatos de CAMBIEMOS) eran considerados -según el propio Macri- como sus posibles Ministro de Justicia y Embajadora.

[3] Algunas de las críticas refieren un doble standart del kirchnerismo, que, por un lado, condena –por ejemplo- al macrismo en temas como: la calidad de las alianzas electorales, la represión de la protesta social (directa o tercerizada), las estrechas relaciones entre gobierno y grandes empresas (nacionales o extranjeras), la propaganda gubernamental-partidaria con fondos públicos, las políticas de tierra, vivienda, transporte o medioambiente. Pero, por otro, no acepta que de su política se desprenden situaciones similares: La tragedia de Once, el crimen de Mariano Ferreyra, el vía libre a Monsanto y Chevron, la aplicación discrecional de la Ley de Medios o el silencio cómplice ante el accionar de gobernadores aliadosquiénes desplazan comunidades originarias y reprimen protestas socioambientales en pos de prosperen proyectos extractivos (promovidos por las políticas científicas y agro-industriales nacionales) con graves consecuencias sociales, ecológicas y –también- económicas.

[4] Desde algunos sectores del kirchnerismo se criticó a la izquierda por llamar a votar en blanco, situación que se había dado también en el ballotage para Jefe de Gobierno, pese a que entonces la propia dirigencia del FPV había dado libertad de acción a sus votantes.

[5] Por supuesto, se trata de un esquema para expresar algunas ideas. En la práctica hay superposiciones entre la participación militante, partidaria, etc.

[6] La responsabilidad social empresaria tiende a ser puro posicionamiento de marcas y reducción de impuestos, además de traer más perjuicios que beneficios sociales.

PD: Gracias a Fede Nicolao, Juan Vidauli y Silvia Tapia; nuestras conversaciones de esta semana fueron un valioso aporte a la escritura de esta nota.